Presentes olvidados

No habría trabajado si no fuese porque necesitaba dinero. Se le ocurrían mil formas de tortura menos crueles que pasarse la última semana de diciembre detrás del volante.

Pero era algo que había surgido luego de mucho, mucho buscar, cuando no estaba en condiciones de desechar ninguna oferta.

Nunca había disfrutado de las fiestas; su padre bebía demasiado y él no tendría más que cuatro o cinco años cuando, en un ataque de furia alcohólica, el viejo había destrozado el árbol. Tal vez aquello podría haberse perdido detrás de alguna misericordiosa nube en la memoria, pero su padre, al ver que su madre no decía nada, quiso hacer algo que todos recordaran.

Miró a su mujer, luego a su hijo detrás de ella y una luz brilló en sus ojos húmedos.

Fue hasta el cuarto y volvió luego de un instante, con unas pocas cajas en sus brazos.

– Papá nuel no existe – dijo, y destrozó los regalos de su hijo.



Ya no estaban allí cuando despertó, arrepentido como siempre, y fin de año, aunque fue el más solitario y pobre de todos, supuso para ellos una liberación que valía más que cualquier regalo.

Muchas fiestas siguieron después, ninguna de ellas abundante, pero sí tranquilas y eso era lo que más agradecían.


Su madre nunca dijo que no fuera como su padre, creía que no lo recordaba y como él jamás preguntaba, su convicción creció con el tiempo. Tanto que hasta llegó a dudar que el chico tuviera algún recuerdo suyo. Pero sí que los tenía e hicieron que, siendo apenas un niño, decidiera que jamás sería como él.

El semáforo aún estaba en amarillo cuando las bocinas comenzaron a exigir que se moviera. Se tomó unos segundos luego que cambiase y arrancó a baja velocidad; un conductor se puso a su altura y le gritaba a través de la ventana. Agradeció que el aire acondicionado requiriese llevar los vidrios cerrados, nada oyó de lo que gritara aquel enfermo.

El bip que avisaba un nuevo viaje comenzó a sonar, insistente y miró la dirección. No era lejos de allí, así que confirmó que aquel viaje era suyo y aceleró.


En esos pocos días ya había levantado a tres personas en la salida trasera del shopping; muchachas agitadas de lidiar con clientas que no estaban seguras de qué querían y clientes que confundían simpatía comercial con coquetería. Una se puso a llorar en el asiento trasero y levantó la música para darle algo de privacidad.


En este caso era un hombre mayor, barbudo y de barriga prominente; un sosias de Papá Noel, sin duda. De los pocos que podían jactarse de sus atributos naturales.

El hombre se sentó atrás, dejó una bolsa a su lado y luego de decirle la dirección (al otro lado de la ciudad) se durmió.

Fue un alivio porque no le gustaba hablar, su esposa le decía que todo contacto le costaba, incluso demostrar afecto a sus hijos.

Era verdad, los amaba tanto que dolía, pero le costaba demostrárselo.

Por un momento temió que tendría que despertar a su pasajero, pero el hombre abrió los ojos a pocas cuadras de su destino.

Bajó, pagó a través de la ventana del acompañante y tras dar unos pasos volvió y se agachó de manera de que sus ojos quedaran a la misma altura.

– Feliz Navidad – dijo el desconocido.

– No creo en las fiestas. – respondió, y se sorprendió de su sinceridad.

El otro sonrió y meneó la cabeza.

– Los milagros acontecen; aun a los incrédulos…


Se quedó pensando qué habría querido decir aquel hombre cuando la bocina volvió a sonar, insistente. Puso el auto en movimiento sin pensarlo y cuando miró alrededor, sorprendido, vio que estaba en aquel semáforo y el mismo conductor se ponía a su par para insultarle.

Se detuvo y en el asiento trasero vio las bolsas que cargara el pasajero del shopping.

Pidió a central que le recordaran las señas de su último viaje para así devolver lo que el desconocido olvidara, pero la dirección que le dieron distaba apenas un par de cuadras de donde se encontraba.


Ojeó el contenido de las bolsas buscando una respuesta, pero sólo encontró dos cajas envueltas para regalo. Dos presentes, cada uno con el nombre de uno de sus hijos. Sus ojos se llenaron de lágrimas y en su mente escuchó:


– Los milagros acontecen; aun a los incrédulos…

enzó a sonar, insistente y miró la dirección. No era lejos de allí, así que confirmó que aquel viaje era suyo y aceleró.
En esos pocos días ya había levantado a tres personas en la salida trasera del shopping; muchachas agitadas de lidiar con clientas que no estaban seguras de qué querían y clientes que confundían simpatía comercial con coquetería. Una se puso a llorar en el asiento trasero y levantó la música para darle algo de privacidad.
En este caso era un hombre mayor, barbudo y de barriga prominente; un sosias de Papá Noel, sin duda. De los pocos que podían jactarse de sus atributos naturales.
El hombre se sentó atrás, dejó una bolsa a su lado y luego de decirle la dirección (al otro lado de la ciudad) se durmió.
Fue un alivio porque no le gustaba hablar, su esposa le decía que todo contacto le costaba, incluso demostrar afecto a sus hijos.
Era verdad, los amaba tanto que dolía, pero le costaba demostrárselo.

Por un momento temió que tendría que despertar a su pasajero pero el hombre abrió los ojos a pocas cuadras de su destino.
Bajó, pagó a través de la ventana del acompañante y tras dar unos pasos volvió y se agachó de manera de que sus ojos quedaran a la misma altura.
– Feliz Navidad – dijo el desconocido.
– No creo en las fiestas. – respondió, y se sorprendió de su sinceridad. El otro sonrió y meneó la cabeza.
– Los milagros acontecen; aún a los incrédulos…

Se quedó pensando qué habría querido decir aquel hombre cuando la bocina volvió a sonar, insistente. Puso el auto en movimiento sin pensarlo y cuando miró alrededor, sorprendido, vio que estaba en aquel semáforo y el mismo conductor se ponía a su par para insultarle.
Se detuvo y en el asiento trasero vio las bolsas que cargara el pasajero del shopping. Pidió a central que le recordaran las señas de su último viaje para así devolver lo que el desconocido olvidara, pero la dirección que le dieron distaba apenas un par de cuadras de donde se encontraba.

Ojeó el contenido de las bolsas buscando una respuesta pero sólo encontró dos cajas envueltas para regalo. Dos presentes, cada uno con el nombre de uno de sus hijos. Sus ojos se llenaron de lágrimas y en su mente escuchó:

– Los milagros acontecen; aún a los incrédulos…

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