San Pilato


La mama no encontraba su San Pilato y se le ocurrió que el Nippur podía haberlo agarrado o algo.
En casa siempre hubo perros, pero afuera, como debe ser. La cosa es que Nippur, como todavía era cachorrón, no sabía cuál era su lugar y me había seguido cuando entré.
Yo lo saqué carpiendo, pero él, divertidísimo, me hacía fiesta y pensaba que la cosa era juguete.
La mama nos vio y se sacó la chinela. Un chinelazo en la cola del Nippur y otra en la mía por “haberlo dejado entrar”.
Se ve que mi perro entendió que no se podía entrar, porque nunca más volvió a meterse en casa.
Pero bastó que la mama no encontrara su Pilato para poner el grito en el cielo, diciendo que ese perro que vivía adentro de casa le había comido el santo.
Mi padre me rezongó por dejar que el perro entrara y preguntó si el santo no estaba en la cucha del cusco aquel.
Yo le dije que no señor, que el Nippur (no iba a sumarme al insulto de decirle cusco a mi perro) había entrado sólo una vez, y que yo estaba seguro que en la cucha no había santo ninguno.
Me mandaron revisar igual, por las dudas. No me quejé ni nada, el horno no estaba para bollos; si decía algo me la ligaba yo y capaz que hasta me quitaban el perro y todo.
Fui hasta la cucha, no había nada a la vista, pero metí la mano. Si no revisaba bien y algún mayor encontraba el Pilato en la casilla del Nippur, ya podía ir despidiéndome de él.
El susodicho me miraba muy serio. Cuando vio que metí la mano entró y olfateaba cada movimiento que hacía.
Saqué todo para afuera, unos cuantos huesos, mi buzo viejo (que ya era un trapo sin forma) y los restos de la honda del Coqui.
Del santo, ni rastros.
Yo sabía que iba a ser así, pero igual sentí algo de alivio. Me senté y suspiré.


– A la pucha. ¿Y ese suspiro?
El tío Gabino me miraba medio sonriente, con el mate en la mano y la pava renegrida al lado; amargueaba con el tío Ariel.
– Buenas tardes, tío. ¿Cómo anda mi ternero?
– Andaba bien; muy rico era.

Con el tío Ariel uno nunca sabía si le estaba tomando el pelo o le hablaba en serio. Todo te lo decía con la misma cara. Serio riéndose y serio rezongando.
Pero yo había ido a campaña hacía unos meses, para la yerra y él me había dicho que un ternerito que andaba como perdido era mío.
Sólo por eso yo era capaz de perdonarle casi cualquier broma, por más serio que estuviera al decírmela.
– ¿Y dígame, por lo menos me trajo unas costillas o algo?
Su barba se abrió y el viejo largó la carcajada, el tío Gabino me miraba contento.
– ¿Viste? Le dijo.
– Sí, sí, respondió el tío Ariel, y mirándome preguntó: ¿Que buscaba ahí adentro?

Les conté del Pilato de la mama y la acusación al Nippur. Pero yo estoy seguro que él no fue, les dije ofendido, si entró solo una vez.
– Y si está seguro: ¿Por qué buscó igual? El tío Ariel hacía algo que me parecía magia, armaba sus cigarros con una sola mano; usaba la izquierda sólo para sacar la tirita de chala que usaba para hacerle el nudito final.
– Porque me mandaron. – me encogí de hombros – Y si al final yo digo que no está y alguien lo encuentra…
– Lazo pa usté.
– Sí, pero me quitan al perro y es peor.
Los viejos se miraron y asintieron.
– Usté sabe que, con el Ariel, acá presente, tuvimos nuestra historia también con el famoso San Pilato?

El tío Ariel sonrió asintiendo; media fea la historia, pero sí, tuvimos nuestra historia con el amigo Pilato.
Tendríamos tu edad, capaz que un poco más, salimos el finadito tu tata, Remigio, Gabino y yo, a bañarnos en el Cuaró.
Pasábamos las tardes, nos bañábamos, pescábamos un rato si habíamos traído los aparejos y después nos volvíamos a casa.
Esa tarde nos quedamos un buen rato, porque era la última que ellos se iban a quedar en las chacras.
– Es cierto, siguió el tío Gabino, a veces iba uno, otras, dos de nosotros. Pero que fuéramos los tres era raro.
El tío Ariel asentía, que siga tu tío que lo cuenta mejor, dijo.
Armamos las monturas, y recién habíamos montado cuando tu tata dice: ¿¡Y eso!?
Sonaba medio asustado, así que nos dimos vuelta todos de golpe.
Una nube negra se venía hacía nosotros y ya empezábamos a oír un zumbido apagado.
Alguien dijo ¡¡langostas!! Y sí, era una nube enorme de langostas que avanzaba rápido.

Sacamos los caballos altos del suelo porque, aunque aquellos bichos no eran peligrosos, no picaban como las avispas ni te ardían como los bichos peludos, cualquier cosa en tal cantidad es jodida.
El ruido que hacían era tan fuerte que nos teníamos que hablar a los gritos y así y todo casi no nos escuchábamos.
Los caballos se asustaron y empezaron a correr despavoridos, capaz que las langostas no fueran tan peligrosas, pero una caída a esa velocidad te podía salir muy cara.
De repente Remigio, o tu tata gritó: ¡¡Acuestensé en el lomo, tirensé para que les pasen por arriba!!
– Remigio fue. – dijo el tío Ariel. – Era el que tenía la voz más gruesa, me parece que todavía lo oigo.
El tío Gabino asintió y siguió contando.

– No sé cuánto demoraron en pasar por arriba nuestro, fue mucho rato.
– Mucho. – el tío Ariel tenía la mirada perdida, como mirando lejos. – Yo nunca vi, pero hay gente que dice que cuando un enjambre de esos se posa en un árbol, lo desgaja con su peso. Tantas así, son.
– Sí, pasa eso, rompen las ramas, yo lo vi. – acotó su hermano. – Y dejan los campos arrasados, los plantíos comidos hasta la raíz y de las ramas más gruesas sólo quedan muñones. Es una vista horrible, comen una cosecha entera en medio día. –

Yo no podía imaginar nada que se comiera una cosecha entera en algunas pocas horas, ni que unas cuantas langostas rompieran las ramas de un árbol, pero los tíos estaban serios. No bromeaban.
Aquello de verdad había pasado.

“Cuando pasó, por fin, teníamos bichos en la ropa, en la boca, en el pelo y hasta en la raya, no bajamos de los caballos hasta que salimos a una zona más limpia.
Cuando pasa una nube de esas deja un rastro de bichos muertos atrás, ni nosotros ni los caballos teníamos ánimos para caminar a pie descalzo arriba de langostas medio muertas.
Nos desnudamos, nos sacudimos todos los bichos que podíamos tener y recién cuando empezamos a vestirnos, nos dimos cuenta que faltaba Remigio.
La última media hora había sido una locura, así que no teníamos idea de dónde o cuando podíamos haberlo perdido.
Nos separamos para buscarlo y lo hicimos llamándolo a los gritos hasta que oscureció.
Entre los tres decidimos que lo mejor era que yo fuera hasta la chacra a buscar a los mayores, dijo tío Ariel, y de paso traer algunos faroles para iluminarnos en la noche.”
– Casi me cagan a palo en las casas por haber perdido a Remigio, por haberlos dejado a ellos – señaló al tío Gabino con el mentón – solos en el oscuro y sobre todo por no dar bola cuando nos hablaron de las langostas.
Pero la abuela les gritó que aprontaran las cosas en vez de molestarme, e insistió con que comiera algo.
Le dije que ni muerto, que si perdía tiempo comiendo se iban a ir sin mí.
– No sea bobo mijo, ellos no saben dónde se perdió el Remigio.

Como yo seguía diciendo que por más que comiera, iba a devolver todo, preparó un atado con algunas galletas y panceta. Para vos y tus primos, dijo.
Salió de la cocina y al ratito volvió con un santo de madera, se paró delante del rosario y haciendo tres nudos en un pañuelo dijo: San Pilato, San Pilato, hasta que no aparezca, no te desato.
Yo la miraba de boca abierta, pero antes que pudiera decir nada, mi padre y los tíos volvieron a buscarme.
Por suerte, me acordaba bien donde habían quedado Gabino y tu tata Francisco, nos salieron al encuentro cuando llegábamos.
– No hicimos mucho cuando se fue, siguió el tío Gabino, aunque era luna llena no nos animados a buscar mucho, no fuera que termináramos perdidos tres en vez de uno.
Pasamos la noche en vela, buscando en grupos, rastrillamos casi una legua por cada orilla, pero el sol asomaba y nada. Remigio no aparecía.
Mediando la mañana escuchamos un quejido y vimos a mi hermano aparecer de entre unas ramas rotas.
Tenía un ojo terriblemente hinchado y un feo moretón le cruzaba la frente.
Su cara y brazos estaban arañados y rayas de sangre seca cubrían casi toda la piel que podía verse.
Las piernas se me aflojaron y si no fuera por mi tío Artemio, me hubiera caído del alivio.
Hasta pasado un buen rato no hubo forma de entender lo que decía, pero con paciencia logramos sacar en claro lo que había pasado.
El caballo se desbocó por el miedo y salió corriendo sin que Remigio pudiera hacer otra cosa que aferrarse a las riendas y gritarle aterrado para que parara.
El animal enfiló para el monte, al lado del arroyo, y continuó su loca carrera, llevándose por delante ramas, chircas y cuanto encontrara a su paso.
Remigio se cubría la cara con un brazo mientras tenía el otro firmemente enredado en las riendas. Pasado un rato creyó que podía detener al caballo, pero al tirarse atrás, casi parándose en los estribos para frenarlo, no vio una gruesa rama que cruzaba su camino.
El moretón que cruzaba su frente era producto del golpe contra esa rama.
Fue una suerte que no se hubiera matado; medio metro a un costado había un gajo partido. Si su cabeza hubiera golpeado ahí, Remigio habría muerto.
Cuando llegamos a la chacra, la abuela se desmayó nada más verlo. Algunos se habían adelantado y ya estaba sobre aviso, pero ver el estado Remigio asustaba.
Lo primero que hizo al despertar, y luego de cubrir con delicados besos la frente de su nieto, fue desatar los tres pequeños nudos que le había hecho a San Pilato. Agradecía de rodillas y con lágrimas en los ojos.

El tío Ariel suspiró y empezó a armarse un tabaco.
Me levanté y volví a casa, entendiendo un poco el porqué de la importancia que la mama daba a su santo.
Tal vez el suyo no fuera aquella reliquia milagrosa, pero era, sin dudas, algo de mucho mayor valor de lo que uno podía imaginar al verlo.
La casa estaba tranquila, busqué a la mama y le pregunté por su San Pilato.
– Lo encontré, mijito, se había caído atrás de la cómoda. – señalando la pared, dijo – lo volví a poner en su lugar.
El tata había fallecido poco antes que yo naciera; se acostó una noche y no se despertó más. Pero unos años antes, se sacó la segunda y última foto de su vida.
Al lado de una foto retocada de unos jóvenes y serios recién casados, estaba la de tres hombres en la cuarentena larga.
Tres hombres que guardaban tal parecido que uno bien podía suponer que eran hermanos.
Sobre esa foto estaba apoyado el San Pilato de la mama.
Muy cerca de la imagen del tío Remigio.

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