Ciego

Inspiré pero realmente no estaba seguro de qué iba a decir, así que dejé escapar el aire, mis hombros se hundían a medida que el aire escapaba de mis pulmones.
Ella me miró, desde detrás de la puerta entreabierta. Su mano izquierda a lo largo del borde, su frente apoyada sobre el anillo que le regalara cuando todo era esperanza.
– Te va a quedar una marca – dije, torpe.

No pareció entender a qué me refería. Entonces sus ojos mostraron un pequeño brillo de comprensión, pero luego sus cejas se inclinaron, molestas.
Separó la mano del canto de la puerta y su gesto derrotado se grabó para siempre en mi mente; no veía su brazo izquierdo, pero supe que lo había levantado, también, antes de dejarlos caer.
– ¿Ves? – y la primera de sus lágrimas rodó cuesta abajo cuando pestañeó. – Siempre viste los detalles…

Hizo una pausa y apretó los labios para controlarse.
– Siempre viste los detalles sin importancia. Y no viste el bosque…

Aquel refrán cojo me incomodó. Y en ese momento, cuando un atisbo de claridad me mantuvo en silencio, fue que entendí lo que tantas veces me había dicho.
Ese concepto, esa verdad abrumadora, un enorme peñón lógico que todavía no había visto por detenerme a contar los guijarros que encontraba a su pie.

Sus lágrimas corrían y me di cuenta que mis ojos ardían, calientes.
Estuve largo rato con la mirada baja, así fue cómo me volví y comencé a caminar.
La miré por última vez y vi un hilo traslúcido uniendo sus labios cuando, en voz baja, dijo:
– Idiota… –

Sin rencor, sin furia; quizás hasta sin dolor.
Pero sí con infinito cansancio.

Pensaba en eso cuando la lluvia comenzó a caer.

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